En algunos paises de Europa se usa este himno, -probablemente de Juan IV de Portugal, llamado “el Rey Músico”-, como partitura emblemática que se canta en la Bendición de la Navidad. Tuve la suerte hace años de dirigir el coro de la Misa del Gallo en mi colegio, -enmedio de mi analfabética musicalidad-, y emocionarme con su ritmo.
Fidels, atanseu-vos/ triomfants i alegres /veniu-hi, veniu-hi cap a Betlem. On podreu veure/ al rei dels angels/ veniu-hi i adoreu-lo /Jesus, salvador.
La letra emerge y a la vez se entierra en lo más profundo del pensamiento del creyente. Invita al gozo y a la fuerza de la Navidad, tiempo de contraste entre vida e ilusión. Ángeles y pastores confluyen en el protagonismo del pesebre, sin destacar uno más que otro, - sin resaltar la vida terrenal de la espiritual-, simplemente globalizando esperanza y realidad.
Entonces la noticia se hace inaceptable. Cuando la humanidad, en la tesitura de Fe (o no), espera con gozo que S.S. Benedicto XVI, sea el niño Jesús del frío y el temblor, que se arrastre en los musgos del esfuerzo, que prenda su Palabra en los corazones de todos, cuando el gallo cante a medianoche, como pasaba en tiempo romano… Alguien decide que no, que el tremendo e implacable Cardenal Ratzinger, velador de inquisidores y valedor (cambia una vocal) de Rouco Varela, cante misa a las 22 horas (10H.
POST MERIDIAM), en consideración a su parca y débil salud que, amén de no permitirle trasnochar, vulnera la impecable imagen que el Vaticano ha de dar al mundo.
Benedicto ya quiso en su momento dar un giro a la entrega que el Vaticano mostró, con matices y errores, en la figura de Juan Pablo II - el predecesor del inquisidor-. Lo hizo cambiando de nombre papal e ignorando lo que eso quería decir. El polaco tal vez fue presionado, o mediatizado por el mundo antes de conseguir una apertura contundente y revolucionaria. Pero él salía al balcón de la Piazza San Pietro, a dar un claromensaje de esperanza. Con el Parkinson, con su habla entrecortada, con su pose de físico acabado, con sus ojos cerrados más allá de su eslava procedencia, con sus miserias físicas, escondidas con pudor en su hábito impoluto.
Pero estaba allí, a las doce de la noche, cuando el gallo canta, cuando hasta el más incrédulo mira la cielo, cuando las más terribles miserias - carne de televisión cotidiana-, se entregan al Niño esperando el milagro. Allí estaba él… Este Papa no… No estará a las durísimas doce de la noche.
Tiene sueño. Habrá que llevarlo a lo que en el mismo colegio donde yo cantaba, le llamaban la”Missa del Pollet”. Allí iban las familias con niños pequeños para que en su tierna infancia se impregnaran, no de religión, sino de la ternura y el amor de unos días entrañables. Creo que sí que será lo mejor, porque esos valores, el actual Papa, los ha olvidado y en su provecta vejez, como tierno infante necesita resarcirse.
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